Larga ha sido la espera. Pero tras cuatro largos años, el Derby vasco por excelencia volvía a la Catedral del fútbol. Era un derby total, con aficiones hermanadas en la tradicional ruta por los bares del Botxo, con pique justificado en la derrota rojiblanca en Anoeta de la primera vuelta, con un horario privilegiado ante las cámaras de la Sexta y, por si se escapaba algún detalle, con la lluvia que arreciaba sobre el cielo de Bilbao a medida que se acercaba el pitido inicial.
Un partido de los de antaño, de los que recordábamos y extrañábamos los aficionados al fútbol desde aquella dramática tarde contra el Levante, en la que celebramos la permanencia mientras nuestros vecinos se hundían en el pozo de la segunda división. Una tarde de nervios y transistores, de noticias de otras ciudades y de otros campos, de paradas de Molina y de ocasiones perdidas. Eran otros tiempos.
Ahora recibíamos a la Real en puestos UEFA, acariciando el billete europeo de la temporada que viene, con un juego poco vistoso pero efectivo, y con unas ansias de revancha incontrolables.
Porque el fútbol vasco es así. Porque los 90 minutos que dura el partido suponen una lucha encarnizada entre jugadores y aficiones, importando poco las cervezas que se hayan compartido en el Casco Viejo unas horas antes, y menos aún las que se compartirán después. Porque es impensable un ambiente similar en las calles de Sevilla durante un Sevilla - Betis, o en las de Gijón, durante un Sporting - Oviedo, o en las de cualquier ciudad durante el mediático clásico de los clásicos. Porque somos diferentes, y en la unión está la fuerza, esa fuerza que quieren romper cuando salimos de nuestras fronteras.
En situación diferente llegaba el vecino. Cerca de los puestos de descenso y con un calendario que asusta nada más abrir el periódico. Quién lo diría hace unos meses con el fantástico comienzo de temporada que realizaron. Necesitaban los puntos, pero no más que nosotros. Además, ellos ya habían ganado en Donosti, ahora llegaba nuestro turno. Compartir es vivir, igual que con las cervezas de antes.
Y tal fue así, que el Athletic empezó mandando desde bien pronto. Potente cabezazo de Llorente, y gol del más listo de la clase. Un Iker Muniain que crece como futbolista a un ritmo vertiginoso, que justificaba de esa forma los esfuerzos del club por que jugase este partido.
Después llego el turno para Toquero, en un nuevo detalle de Fernando Llorente, al que no se puede parar ni con cadenas. Dos veces quedó suelto, y dos veces se movió el marcador, en esta ocasión en forma de asistencia para el ex del Sestao.
Pero cuando todo apuntaba a goleada, Javi Martínez desvió un centro de Griezzman, y perforó la meta defendida por el debutante Raúl. 2-1, y a sufrir.
El descanso dio paso a una segunda parte para dormir, ante una afición que celebraba que estaba un poco más cerca de Europa, y otra que lamentaba una nueva derrota, temiéndose otro dramático regreso a la división de plata.
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